Exposición Abducidas

Mercedes Carbonell y Marina Núñez
Centro Andaluz Contemporáneo.
Sevilla 2011

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Óleo sobre lienzo

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Técnica Mixta

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Historias hondas de mujeres

Por Juan Bosco Díaz-Urmeneta
Diario de Sevilla
21 Diciembre 2001

El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo presenta una exposición donde converge la trayectoria de dos artistas plenamente consolidadas. Marina Núñez muestra una síntesis de sus trabajos anteriores sobre lo más cercano como lo más inquietante y Mercedes Carbonell señala en su obra nuevas vías respecto a su trabajo anterior.
No era fácil la convergencia. Los mundos de Mercedes Carbonell y Marina Núñez se mueven en órbitas separadas pero en la Caruja establecen un fértil contrapunto y la muestra es de las que piden volverla a ver.
En vertical, una gran imagen fotográfica de una mujer sobre una lámina de vidrio. Tiene el aire congelado de la publicidad: su gesto nada entre la sorpresa por lo que ve y la extrañeza ante el umbral que se le resiste. A la bella figura se opone, en horizontal, una caja de luz con un oscuro cuerpo femenino. Pintadas sobre lienzo el rostro, los brazos y las piernas, el resto se confía a la infografía. Si los miembros pintados oponen su densa materia a la gracia trivial de la foto, las vibraciones de la infografía cuestionan esos miembros y nos ponen ante un pozo de energía oculta.
Este trabajo de Marina Nuñez es casi una síntesis de sus preocupaciones. Para ella, lo más cercano es también lo más inquientante. Lo siniestro, dijo Freud, es aquello que, siendo doméstico y cercano, encierra una amenaza. ¿No son ésos los rasgos de nuestros huéspedes más turbadores, el cuerpo y el deseo? Ellos alientan en la obra de Núñez. Así, en su reflexión sobre la enfermedad mental. Quizá el erudito del arte reconozca en la serie Locura múltiples referencias a la tradición pictórica, pero lo que impresiona en ella es la sencillez con que señala la débil frontera que separa a la mente sana de la enferma. Sus imágenes son las del gesto y el espacio de lo que llamamos sinrazón, pero están en estrecha vecindad con la energía del afecto y la inteligencia que aparece en las figuras de su serie Ciencia Ficción. Muestra Núñez otra cercanía inquietante: la consistencia, que da seguridad al cuerpo aunque quizá lo convierta en cosa, cohabita con la agitación que lo anima aunque quizá lo pierda. Núñez levanta así acta de lo siniestro. Lo hace con la seguridad de quien sabe o sospecha que la otra cara de la enfermedad mental es la sensibilidad y la inteligencia y que el cuerpo es, como la belleza, o trémulo o nada. Este saber de límites siembra la queja en la obra de Marina Núñez. No se queja del dolor sino del silencio. El mundo del varón ignora aquel saber y lo silencia. De esto se duele esta obra.
Se dice que el trabajo de Mercedes Carbonell peca de autobiográfico. No estoy seguro de eso. Creo que emplea un antiguo recurso, el autorretrato, en el que el pintor se encuentra a sí mismo como otro. El uso del doble se justifica plenamente cuando el problema que late en una obra es el de la identidad. Y éste no es un tema de Carbonell, sino una cuestión permanente de nuestra irracional aunque racionalizada civilización. Tan espinosa cuestión se plantea con serena osadía por las mujeres porque no creen en las máscaras sociales en las que reposa complaciente el varón.
La pregunta por la identidad está ya presente en Dolly, donde la figuración pop acentúa el problema en clave de humor, y aparece pujante en la instalación de las dos autoras―que algunos llaman La señora Hyde―en la que el doble de la imagen de Carbonell es un cuerpo digital de Núñez.
Si en Marina Núñez la contención de la expresión permite convivir con lo siniestro, Carbonell plantea el inquietante registro de la identidad gracias a la ironía: ¿cómo pueden admirarse de esto si es lo de todos los días? La ironía quiebra la hipocresía del espectador que no quiere oír el barullo de las identidades mientras inventa industrias del ocio para no quedar a solas consigo mismo.
A la ironía se unen, en la obra reciente de Carbonell, las virtualidades de las nuevas técnicas de la imagen. Tratamiento informático, ploteados, soportes plásticos son medios eficaces para alejar la imagen, mientras que el cuidadoso tratamiento pictórico posterior le confiere hondura y densidad: un pequeño cuadro que concentra la ironía en el título, Gota caliente, muestra estas posibilidades. La serie titulada Marina Núñez y otros tres cuadros con título-dedicatoria en los que el rostro-máscara se desvanece entre una pintura muy elaborada, señalan nuevas vías del trabajo pictórico de Carbonell.
La exposición, pues, merece la pena. No le faltan contradicciones: la madurez de la obra de estas autoras no es apropiada para una zona emergente y la muestra pide a voces un catálogo que la fije. Hay otra incoherencia más, la de siempre: ¿qué hace una muestra así en las afueras de la ciudad? Pero ésta, me temo, es una pregunta sin respuesta.